De viaje educativo a Noruega

Después de un tiempo desaparecida, vuelvo para contar cómo fue mi viaje a Noruega en abril. Sin enrollarme demasiado, os resumo que me fui con una amiga a un curso un tanto peculiar de desarrollo personal y liderazgo juvenil, en el que conocí a gente fantástica que me renovó por dentro. ¡Fue como hacer un Erasmus exprés y más adulto!

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Nos alojamos en un albergue municipal en Visnes, antaño pueblo minero del que se extrajo el cobre para crear la Estatua de la Libertad de Nueva York. De ahí que tengan una réplica en miniatura como principal atractivo turístico (aunque también hay un museo que solo abre en verano y un parque con aspecto de mina para niños).

La mayor parte del tiempo la pasábamos en clase, por eso no hicimos mucho turismo, ya que el propósito del viaje no era ese. Y aunque no vi fiordos ni los paisajes que uno se imagina cuando piensa en Noruega, sí que estuve en contacto con una naturaleza espectacular y salvaje. Juraría que desde el avión, además de lagos helados, vi algún glaciar. Y también me quedé sin aliento frente al Mar del Norte ante una puesta de sol como nunca había visto.

Para salir de la rutina, hubo un “inspiration day” en el que nos llevaron al museo vikingo de Avaldsnes (al lado de la iglesia de San Olav), a unas montañas con vistas alucinantes, y a un centro sociocultural con un teatro y un fondo de vestuario para obras increíble (el jefe del cotarro era un señor majísimo que había trabajado de director en Broadway y que tuvo un papelito de figurante en “Dirty dancing”). Luego nos dejaron sueltos por Haugesund, un pueblo bastante pintoresco.

Respecto a mis sensaciones por allí, tengo que decir que cuando paseábamos por Visnes, me parecía estar en una peli rollo drama europeo. Si habéis visto “Sparrows”, sabréis a lo que me refiero… ¡Ah! Y una recomendación gastronómica: si visitáis Noruega, no os olvidéis de probar el queso dulce de nombre Geitost, ¡delicioso!

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Qué ver en una escapada a Salamanca

A principios de marzo se celebraron las Nuevas Conversaciones de Salamanca sobre cine español, algo de lo que hablaré en un futuro post, porque es todo un hito en la historia de nuestro cine al que tuve el privilegio de asistir.

Se dio la feliz coincidencia de que unos amigos están viviendo en Salamanca, por lo que aprovechamos para hacerles una visita y turistear. Así que aquí va una guía para patearse la ciudad y descubrir lo bonita que es y lo cuidada que está.

1- Tomarse algo en la Plaza Mayor, que hay que ver tanto de día como de noche (bueno, en realidad toda la ciudad merece la pena ser vista de las dos maneras, porque los monumentos con la iluminación nocturna son grandiosos). Si vas en verano, lo mejor es tomarse un helado en la plaza jeje.plaza-mayor_salamanca

2- Pasear por la calle Toro viendo las tiendas. Al igual que recomienda La gaceta de una mofeta, el edificio de Zara es digno de ver por dentro. No te quedes en las prendas, ¡mira al techo!

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3- Echar un vistazo por la plaza de Colón, la torre del Clavero y el palacio de la Salina, que tiene una historia bien curiosa.

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4- Entrar en el patio de la Casa de las Conchas. Por la misma zona, ver los majestuosos edificios universitarios, atendiendo también a la preciosa tipografía salmantina en las paredes.

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5- Caminar por la rúa Mayor hasta la plaza de Anaya, donde podrás admirar la fachada de la Catedral Nueva. Al acercarte, busca el astronauta ;) Si entras en la catedral, fíjate en lo bonita que es la cúpula. Justo pegada, está la Catedral Vieja, con otra fachada impresionante. Es muy recomendable visitar las torres medievales de la catedral. La de la segunda imagen es la famosa torre del Gallo.

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6- Buscar la rana en la fachada plateresca de la Universidad, tratando de hacer oídos sordos a todo estudiante (y algún que otro turista sabiondo) que pasa por allí y te intenta hacer spoiler. Una vez la encuentres, al fondo de la plazoleta está el museo de Salamanca y la entrada al patio de las Escuelas Menores, que atesoran el Cielo de Salamanca (al no se le pueden hacer fotos).

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7- El archivo de la Gerra Civil tiene muchas cosas interesantes. Cerca queda la Casa Lis, un museo para los amantes del Art Nouveau y el Art Déco, que cuenta con una preciosa vidriera a modo de techo acristalado  y una galería que se puede admirar desde la ribera del río Tormes. Insisto, merece ser vista tanto de día como de noche. Siguiendo por el Patio Chico, se llega al huerto de Calixto y Melibea, muy bonito al atardecer.

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8- Cruzar el río Tormes por el puente romano es casi una actividad obligatoria. Verás una escultura conmemorativa al Lazarillo de Tormes y un antiquísimo verraco de piedra. Desde el otro lado del río se tiene una preciosa vista de la catedral. Es una de las fotos más típicas que puedes hacer de Salamanca.

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9- Otros lugares para ver son: el convento de San Esteban (donde se alojó Cristóbal Colón durante su búsqueda de apoyo para su proyecto de viajar a las Indias), la iglesia de la Purísima (con un valioso retablo en el que destaca un lienzo de Ribera) y, para los más modernos, el Barrio del Oeste (fuera de la zona antigua), que destaca por sus muestras de arte urbano.

10- Y el número 10 va para los más cinéfilos: la Filmoteca de Castilla y León, que cuenta con una colección de objetos que narran la evolución del cine desde sus inicios. Hay juguetes ópticos con los que se puede interactuar y está todo explicado de una manera muy didáctica. Además, ¡los artilugios pertenecían al cineasta salmantino Basilio Martín Patino!

Y todo esto se puede ver en dos días. Si te lo prefieres tomar con calma, casi mejor que sean tres. Lo bueno es que las visitas por las que hay que pagar, tampoco es que sean excesivamente caras. Por ejemplo, por menos de 4€ puedes ver desde las alturas Salamanca y el interior de las catedrales. De todos modos, conviene informarse antes de viajar, porque siempre hay determinados días y horas en los que las visitas son gratuitas ;)

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Viaje a Japón – por Denisse Lozano

Este verano tuve ocasión de visitar Wakayama, la zona suroeste de la región de Kansai, en medio de la isla de Honshu, en Japón. Pese a ser una zona poco conocida del país nipón, figura en las guías gracias a la ruta de peregrinación de los templos de los Montes Kii, conocida como Kumano Kodō.

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Templo budista Seiganto-ji con la cascada Nachi

El paisaje es sin duda uno de los grandes atractivos de Wakayama. En cuanto te alejas unos kilómetros de la costa, las carreteras parecen engullidas por un entorno virgen, frondoso y lleno de vida, que enseguida permite entender la inspiración de todo un culto a la naturaleza.

Vista desde Takahara

Vista desde Takahara

Suelos vegetales sombreados por infinidad de hojas que exploran la escala de verdes, acompañados del incansable sonido de las cigarras, esconden varios templos y santuarios de culto budista y sintoísta que conviven con la armonía propia de lo japonés.

Templo sintoísta. Kumano Hongu Taisha

Templo sintoísta. Kumano Hongu Taisha

Estas zonas de culto suelen estar en áreas elevadas, con hermosas vistas y acceso a través de largas escalinatas de piedra que parecen pertenecer al paisaje.

Camino a la cascada Nachi. Kumano Kodo

Camino a la cascada Nachi. Kumano Kodo

En estas cimas se encuentran grandes recintos que guardan varios edificios con distintas funciones e incluso distintos cultos. Son lugares en los que permanecer largo rato, orar, meditar, descansar o llevar a cabo alguno de los múltiples rituales habituales en busca de fortuna.

Campana en templo budista. Kumanonachi Taisha Shrine

Campana en templo budista. Kumanonachi Taisha Shrine

Y entre montaña y montaña, en los valles de Kii, el Japón más rural: grandes planicies de arrozales salpicadas por pequeñas casas de tejados de cuatro aguas y esquinas elevadas. Las gentes de Wakayama exhiben con orgullo los productos que hacen grande su agricultura, la mikan (una especie de mandarina amarga) y el umeboshi (una conserva salada de ciruela amarga japonesa), pequeñas muestras de la gran variedad gastronómica que ofrece el país.

Comida de restaurante tradicional en Wakayama

Comida de restaurante tradicional en Wakayama

La comida, momento clave del día, es solo un ejemplo más de la forma nipona de hacer las cosas. El esmero, la funcionalidad, el protocolo casi ritual y el gusto estético por la belleza, la armonía, la sencillez y los detalles. Una filosofía que lo tiñe todo, desde la jardinería a la arquitectura o la moda, configurando una sociedad unida en su peculiaridad.

Kinkaku-ji en Kioto

Kinkaku-ji en Kioto

Espero haber transmitido un poquito lo que fue descubrir una cultura apasionante y un paisaje a su altura. Dejo mucho vivido por contar, como el contraste entre el rural y la ciudad, pero dejo más aún por descubrir. Es complicado no sentir la tentación de quedarse a seguir desentrañando sus rarezas y virtudes, pero ya que la responsabilidad obliga, me quedo con la promesa de regresar y traer conmigo otros pedacitos del país del sol naciente.

Quizás la próxima vez en otoño…

Denisse Lozano